sábado, 4 de febrero de 2012

Ángela endemoniada (I)

Desde la ventana del caserón podía vislumbrar un amplio campo de tierras amarillas, quemadas por ese calor seco que mantenía su piel con un tono aceitoso y brillante. Desde la perspectiva de una niña de 10 años, esa extensión de terreno representaba la más absoluta inmensidad. Podía sentir con los cinco sentidos la soledad en que le había tocado vivir...No era culpa suya, no...Los únicos culpables eran sus padres, por haberla dejado sola, por haber muerto sin ni siquiera dejarle una mísera nota.
Ahora, Ángela recuerda aquella época constantemente. No para justificar sus actos, sino porque le resulta imposible olvidar...No puede olvidar el haber crecido rodeada de campo, con la única compañía de los animales que sus abuelos tenían por la finca...A ellos (sus abuelos), les recordaba con cariño y odio a la vez. Los consideraba personas de mente cerrada, sólo preocupados por las cosas más terrenales, es decir, comer, cagar, mear y dormir...Personas sin educación escolar, de miras cerradas, intransigentes...pero a la vez tímidos, educados con el prójimo dentro de su ignorancia, hospitalarios...

Áhora, ya con casi tres décadas a sus espaldas, repite una y otra vez en su cabeza las mismas escenas. Paradójicamente, son las más felices y a la vez las más tristes de su infancia...Recuerda cuando veía llegar el coche de sus tíos, que visitaban la finca unas dos veces por año, siempre en vacaciones...Recuerda que en aquellos momentos, cuando oía desde la distancia el ruido del motor, se sentía de repente como si formara parte de ese mundo civilizado que tanto anhelaba...La compañía de sus tíos y su primo suponía una bocanada de aire fresco dentro del insoportable sopor que era la vida junto a los abuelos...
Durante la estacia de los familiares, los abuelos se mostraban cercanos y fríos a la vez. Eran personas de pocas palabras, en especial él...Un hombre que jamás renunciaría a sus costumbres, que salía del caserón a primera hora de la mañana y llegaba a la hora de acostarse...Y así era irremediablemente durante cada día, hubiera o no visita en casa...La abuela, casi única y exclusivamente hacía tareas relacionadas con la cocina, amén de hacer sus pinitos con la aguja y el hilo.

Ángela y su primo no podían comprender la forma de comportarse de su abuelo, y por ello, muchas veces le espiaban camuflados entre espigas de trigo y árboles de hojas secas...Alternaban esa curiosa afición con otras propias del campo...Sin embargo, un hecho en concreto sucedió en esa finca que lo cambiaría todo para siempre...
Cerca de una carretera sin asfaltar para vehículos agrícolas ocurrió una especie de milagro. El primo de Ángela, Mateo, fue el primero en oirlo...Unos leves quejidos de algún animal se escuchaban en algún sitio cercano...Ángela también podía oirlo ya, y poco a poco se fueron aproximando al lugar X. Los dos sentían el nerviosismo propio de aquellos que van a hacer un inmenso descubrimiento. Así, descubrieron amontonadso, una camada de gatitos casi recién nacidos presuntamente abandonados por su madre...¡Qué tierna visión! ¿Cómo podían dejar esos gatitos allí? Eso no era posible, así que volvieron corriendo, cogieron uno de los múltiples sacos que su abuelo guardaba en el establo y volvieron al lugar...

Tras meter a los animales dentro, volvieron al establo para ver más de cerca su increíble hallazgo, que sin duda les proporcionaría unas vacaciones llena de diversión extrema y grandes preocupaciones. Los fueron sacando uno por uno. Un total de ocho gatitos ciegos, maullantes y de pelo tieso...eso era lo que tenían entre manos, así que se pusieron manos a la obra.
Durante los días siguientes, no tuvieron otra preocupación que no fuera conseguir ocultar a los animales, darles de comer, y construirles una caseta. En cuanto el pequeño hogar gatuno estuviera hecho, las anteriores preocupaciones serían más fáciles de subsanar, sobre todo la de mantenerles ocultos, ya que era probable que los abuelos les obligaran a deshacerse de ellos...quizá los regalaran......El caso es que fueron días felices. Días en los que tanto Ángela como su primo sabían que el otro soñaba con los pequeños felinos, y se acostaba deseando volver a levantarse para cuidar de los que, con todo derecho eran ya sus mascotas, aún más sus hijos. Por encima de todo, Ángela sentía el cosquilleo del que se cree valiente, del que sabe que está haciendo algo por un mundo que le ha sido ajeno durante la mayor parte de su vida...había salvado vidas, muchas vidas.

Y ahora recuerda que era un domingo, cuando se levantó, como siempre, muy temprano. Recuerda que bajó como cada día a la "corripa", como la llamaba su abuelo, a darle su ración de amor a sus protegidos animales...Y recuerda que fue un domingo cuando ellos ya no estaban allí...Salió corriendo del cobertizo como alma que lleva el diablo, y se fue directamente a despertar a su primo. ¿Cómo era posible que no estuvieran? ¿Quién y por qué se los había llevado? ¿Habrían escapado por sí mismo? Nada tenía sentido, estaban muy bien escondidos y aún eran demasiado pequeños y débiles como para irse solos...Ángela le gritaba a su primo como si él hubiera tenido algo que ver...Creyó, por un momento, que la maldita gente de la ciudad no tenía sitio para vivir en ese medio rural y que, tarde o temprano, aparecería ese ser insensibilizado que segura estaba que era su primo.
Sin embargo, vió una mirada en su primo que le hizo olvidar todo aquello y se dió cuenta de que él estaba tan apenado y confundido como ella...Se miraron y comprendieron que tenían que salir en su busca, la vida de esos gatos dependía de ellos...otra vez. Ángela levantó las persianas de la habitación de su primo, y sin tiempo para prepararse, lo vió.

Desde la ventana, se veía a lo lejos, cientos de metros, como una figura ruda y de andares cansados portaba un saco. El saco. Aquel saco. A pesar de la distancia, se podía distinguir que no iba vacío. Un escalofrío recorrió el cuerpo de los dos niños. La figura, que era indudablemente el abuelo, se detuvo, y sin ninguna contemplación golpeó el saco con gran fuerza repetidas veces contra el suelo. Acto seguido, arrojó el saco al lado de un riachuelo que suponía el único reducto de frescor en aquella soporífera atmósfera...Los niños, mirando desde la lejana ventana, asistían atónitos a los hechos...Podían escuchar los latidos del corazón del otro.
Cuando lo piensa ahora, los ojos se le siguen llenando de lágrimas, lágrimas de dolor, impotencia y...odio. No a su abuelo, pero sí al ser humano. Ve en su cabeza como ella y su primo salieron fuera en cuanto el abuelo hubo abandonado el lugar. Corrieron lo más rápido que pudieron el trecho que separaba la casa del lugar donde se hallaba aquel saco...Tardaron muy poco en llegar. Muy poco. Lo vieron delante, una tela rellena de unas extrañas masas sin forma...Desanudaron el cordel que lo ataba y observaron cómo de dentro salía un amasijo de piel, sangre, pelo e intestinos...Ángela rompió a llorar...de decepción, de miedo, de incomprensión, de asco...

Su primo, petrificado, no alcanzaba a comprender lo que sucedía. Estaba en estado de shock. Sin embargo, ella, en un momento de valentía, consiguió vaciar todo el contenido del saco...Estaban todos muertos...¿Por qué? ¿Cual era el pecado de aquellos animales indefensos? ¿Acaso no merecían vivir? De pronto, Ángela se percató de que aún había uno que seguía con vida. Agonizaba, seguramente roto por dentro. Estaba lleno de sangre que se había secado ya por el infernal calor matinal...
Su primo le dijo que no lo hiciera, pero ella tenía mucha más determinación. Supo que era su deber. Cogió una piedra y goleó el cráneo del gatito hasta cerciorarse de que había muerto...Las manos se le llenaron de sangre, pero los ojos dejaron de segregar lágrimas. Mateo lloraba como un condenado, la situación era más grotesca de lo que un niño de su edad podía imaginar...

Pero para Ángela, sólo era la primera vez que mataba. Y la única en la qúe ella misma enterraría a la víctima

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